¿En que andará Ysolina en estos momentos? Ya no será una carajita como aún la recuerdo, debe ser tan vieja como yo. Muy atrás quedaron nuestros planes entusiastas de estudiar, encontrar trabajo, alquilar un apartamentico por Las Acacias para compartirlo y salir de una vez por todas de casa de nuestros padres. Mala hora en la que llegó Ángel al barrio, no se puede negar que era un chamo bello, pero no valía la pena apostarlo todo. No puedo justificarme con el cuento de la juventud, no creo que Ástrid se dejara atrapar por una situación parecida, al contrario, mandaría a todos a la mierda como de hecho lo está haciendo. Ángel era bello, bueno, quizás no era tan bello, quizás era que había tan pocos ojos azules en el barrio que nos quedamos hechizados por los primeros que vimos. A Ysolina y a mí nos cautivaron aquellos ojos que se nos hacían de películas, y por preservar nuestra amistad, decidimos sortearnos a su dueño, con la firme promesa de que quien se lo ganara debía perder la virginidad en brazos de lo mas parecido a la perfección masculina que habíamos conocido.
Nadie me hubiese convencido, jamás, de que en mi primera noche de sexo quedaría embarazada; era una historia común en las telenovelas, pero de allí a que me pasara a mí había un trecho: el corto trecho del azar. Embarazo y matrimonio fueron la misma cosa. Si mi mamá no tuviese tantos escrúpulos, hubiese buscado uno de esos doctores que son diestros para interrumpir un embarazo, quizás me hubiesen tenido que llevar a la maternidad por un aborto incompleto, pero no me hubiese casado, eso hizo la señora Carmen con Carla, las vecinas de abajo. Aunque, y allí viene lo contradictorio, si todo hubiese sucedido así, Ástrid no existiría y debo confesar que es lo mejor que hasta ahora he tenido; a pesar de que todos dicen que ella es una loca. Una loca mi hija porque decidió irse a vivir en una habitación mientras estudia en la Universidad, una loca mi hija cuando está cumpliendo mis sueños, locos son todos en el barrio que pretenden enraizar a cualquiera que entre en sus dominios.
¿Qué pensará mi hija de mí? Hay momentos en que siento su mirada acusadora sobre mis hombros, pero en otros la veo sonreírme y hasta he llegado a sentirla cómplice. No pretendo que ella comprenda todo lo que está sucediendo, pero sí que al menos se dé cuenta de que todos estamos jugando nuestro papel en este juego. Si ella no hubiese traído a Daniel a esta casa, no se habrían concretado mis fantasías. La primera vez que lo vi me pareció muy viejo para mi hija y es que siete años de diferencia son muchos para una niña tan joven. Ástrid siempre me aseguró que eran tan sólo amigos, por eso no podía entender la insistencia de Daniel en visitarla todos los fines de semana, incluso, después de haberle aclarado que ella ya no vivía con nosotros. Llegué a pensar que era un aprovechador, que se llenaba su barriga los fines de semana en mi casa, pero, luego todo cambiaría. Hablaba como mi profesor de literatura en el liceo, con frases bonitas aunque muy rebuscadas. Primero sólo me miraba, dibujando mi silueta con agudeza. Yo me preguntaba: ¿sabría él cómo poco a poco iba despertando mis entusiasmos? Un día se me metió en la cocina a halagarme por mis habilidades culinarias. Recostado sobre la pared y en silencio, seguía con su mirada cada uno de mis movimientos, no sólo los de mis manos, sino los de todo mi cuerpo. Quería decirle que si sus intenciones eran aprender a cocinar se fijara en mis manos, que con mis caderas yo no aderezaba, pero deseaba con ansias que sus deseos fuesen otros. Ese día, el calor de las hornillas y la pasión que despertaba su mirada, dispusieron mi piel. Lo sabía cercano, su cuerpo se me hacía conocido, sabía de sus brazos fuertes apretándome, de sus manos delicadas recorriéndome por rincones ocultos, de su lengua saboreando la mía. Lo conocía de tanto adivinarlo en mis sueños. Seguro de lo que haría, se acercó hacia mí, mientras yo trataba de separarlo argumentando que estaba acalorada, sudorosa..
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Margarita entró en mi vida de manera insospechada. La vi por primera vez el mismo día que conocí a su hija Astrid, una niña fresca y desenfadada que sin ninguna suspicacia, poco después de habernos conocido, me tomó del brazo y me arrastró hasta su casa asignándome, ante sus padres, el papel de “viejo amigo”. Me incomodaba la ligereza de aquella niña histriónica que jugaba a ser la mujer madura y experimentada, pero, poco tiempo pasaría, para que mi atención se desviara de ella a su madre. Mi mirada insistía en complacerse en las formas rudas de aquella mujer de cabellos largos y ensortijados, que servia la mesa con extremada delicadeza. Su piel aceitunada brillaba como si estuviese cubierta de aceites, olía a albahaca, a hierbabuena, a café. No me importó sentirme escrutado por los ojos de Ástrid y su padre, mucho menos después de advertir que ella había notado cómo le observaba y que mi insistencia en detallarla la turbaba. Se sonrojaba y evitaba mi mirada, con excusas caminaba torpemente frente a mí, como para atrapar mi atención, invitándome a tocarla y al mismo tiempo alejándome con sus miedos. Aquella mujer, que aún no llegaba a los cuarenta, era completamente inocente, su cuerpo entero me incitaba a descubrirlo, porque estaba seguro de que a pesar de sus muchos años de casada, ella permanecía inexplorada. Uno de los tantos fines de semana que fui a verla, con la excusa de las visitas a Ástrid y lo sabroso de su sazón, me infiltre furtivamente en su cocina. Mis ojos se abrieron como queriendo mirar lo oculto, mientras mi deseo se enredaba en cada uno de sus movimientos. Sus manos, fuertes, manejaban con precisión los cuchillos y prensaban con delicadeza cada una de las piezas que se disponía picar. Me exaltaba el imaginar las tantas maravillas que yo podía enseñarle a hacer con aquellas manos, con aquella lengua que hasta ahora se había conformado con saborear sus guisos. Quería cantarle al oído “Anda, quítate el vestido, las flores y las trampas, ponte la desnuda violencia que recatas, y ven a mis brazos, dejemos los datos, seamos un cuerpo enamorado...”* Invadido por el miedo que se siente cuando se resuelva provocar al repudio, me acerque hacia ella y al tocarla sentí su cuerpo en reposo animarse y tímidamente estrecharse al mío, a pesar de sus tantas y absurdas palabras de rechazo. Desde ese día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes, y cada uno de ellos se ha convertido en un viaje febril por la pasión. Ella, atiende a cada movimiento que yo hago como queriendo fijarlo detalladamente en su memoria, me obliga a practicarlo repetidas veces y su papel de aprendiz me excita cada vez más. La toco y ella me obliga a modelarla, a dejar marcado en deseo cada centímetro de su cuerpo, es como dibujar el mapa de un territorio desconocido, pero siempre me ha quedado la sensación de que éste será recorrido por otro, porque “A veces uno toca un cuerpo y lo despierta (...) Lo sentimos vivir y cotidiano, lo sentimos hermoso pero sombra...” **
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Es difícil creer que esta mujer que cepilla sus cabellos con delicadeza y maquilla sus labios lentamente, sea la misma de hace algunos meses. La veo y nuevamente compruebo que todo lo que está pasando bien vale la pena. Cuando conocí a Margarita me sorprendió con sus sueños de independencia que contrastaban forzosamente con la ingenuidad de aquella niña temerosa. Me refería sus planes de estudio y trabajo, mientras me brindaba la oportunidad de acercarme poco a poco a ella, sin mayor apuro. Y es que a pesar de mis dieciocho años y mi pinta de galán, no sabia enamorar a una mujer, nunca había tenido esa oportunidad, porque precisamente por mi pinta de galán, desde los catorce había estado condenado a ser objeto sexual de mujeres mucho mayores que yo. Me tomaban como a un consolador y me utilizaban hasta procurar su satisfacción, luego de alcanzarla me sacaban rápidamente de sus vidas. Esas practicas sexuales me convirtieron en muy mal amante y cuando Margarita se me plantó en frente, con todo el miedo del mundo recogido en sus ojos, y me dijo que venia a entregarme su virginidad, me llené de bravura y me dispuse a esmerarme en satisfacer su entrega, sólo para confirmar mi torpeza; lo mas absurdo fue que con tanta inexperiencia Margarita saliera embrazada. El matrimonio no se hizo esperar y el sexo entre Margarita y yo se convirtió en una obligación que de vez en cuando cumplíamos sin mayor ánimo. Esto nunca significó que nosotros nos alejáramos completamente, al contrario, nuestra hija, principal elemento en común para nosotros, siempre nos mantuvo allí, asegurándose de que estuviésemos juntos, haciendo que compartiéramos sonrisas, experiencias, angustias, esperanzas. Cuando Astrid decidió mudarse a una habitación para vivir sola, los ojos de Margarita brillaron y, a pesar del dolor de la separación, se alío a ella hasta conseguir que yo aceptara. Astrid salió del barrio como las dos lo habían planificado y pocos días de vivir solos, margarita me confesó que me amaba, que después de tanto tiempo no se imaginaba casada con otro, pero había algo que faltaba, que los dos lo sabíamos, y que ella lo iba a encontrar para ofrendármelo. Semanas después Astrid llegó de la mano de un recién conocido y luego de reprenderla por su irresponsabilidad de estar trayendo gente extraña a casa, a pesar de que ella insistiera en que era “un viejo amigo”, me comencé a preocupar por la manera cómo el nuevo visitante miraba a Margarita y de cómo ella respondía con su cuerpo. Fue la primera vez que hice una escena de celos y Margarita sonriente se esforzaba en convencerme de no angustiarme por “esa tontería”. Pero la tontería se hacia cada vez mas frecuente y un buen día Margarita salió y no regresó hasta ya pasada la medianoche. La esperé decidido a liberar toda la rabia que me habían proporcionada los celos, pero ella llegó sonriente y no me dejó hablar. Rápidamente se dirigió al baño, se perfumó y me esperó en la cama; la escena me amargaba cada vez más, mi resentimiento llegaba a sus límites y ella seguía sonriendo arrebatada. Sin percatarme ya estaba con toda mi ira en la cama y ella tomaba mis manos dirigiéndolas por todo su cuerpo, me recorría con su lengua y me instaba a que yo hiciera lo mismo. El ardor de mi furia se transfiguró en ardor de pasión; me deshice de todos mis resentimientos para entregarme a aquella sacerdotisa que poco a poco me convertía en su aprendiz. Cada vez que ella salía llegaba con nuevas artes amatorias que enseñarme y yo, siempre dispuesto desarrollar mis habilidades, me debatía entre la satisfacción de vivir en ese mundo especial que ella se empeñaba en crear para los dos y la culpa por considerarme regodeado de pecado. Debo confesar que sin mucho pensarlo decidí elegir la primera opción, total, nunca fui muy religioso. En todo este tiempo la única que me importa es Astrid, por eso he tratado de mantenerla apartada de todo este juego, esto es entre tres y ella esta de más Ese otro, que Margarita y yo nos empeñamos en no convertir en palabra, de a ratos me conmueve, sobretodo cuando lo veo empeñarse en convencerse de que yo no existo. Sé, porque Astrid me lo ha dicho, que pronto se marchará la exterior a realizar un postrado, es por ello que Margarita y yo le estamos planificando una fiesta de despedida.
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No me atrevo a ser yo quien juzgue todo lo que está pasando. Además, realmente no sé qué es lo que está pasando. Cuando veía a mi madre tan cerca de Daniel, me conmovía verla sonrojares y evitar sus miradas, es increíble, pero ella: mi madre, parecía una adolescente. No es casual entonces que Daniel se apasionara por ella. Al parecer así le gustan a él, al menos eso sospeché cuando al cocerme me dijo, un poco contrariado: “Eres la mujer más libre que he conocido, desarraigada, desenfrenada. Pareces cargar con grandes experiencias, demasiadas para tus veinte años...” Al principio pensé que eran puras imposturas masculinas, habladurías de hombrecito resentido porque le dije que no era de mi target; pero luego de hablar con su ex-novia, comprendí que realmente él andaba buscando otra cosa, otra cosa que él llamaba: un cuerpo sin recorrer. Cuando me dijo lo de las experiencias, me supuse una mujer sabia, pero realmente a lo que el se refería era al conocimiento de posiciones, movimientos y técnicas sexuales. De todo esto concluyo que Daniel nunca se ha cogido una virgen, y temo que si de vírgenes se trata, mi madre parece ser la poseedora de un himen inmaculado. Con ella las historias no cuadran, el día que supo que yo entraría en la Universidad, me llamó a parte y hablamos largas horas, era otra, me comentó de todos sus deseos de estudiar, de irse del barrio, de independizarse y de cómo mi nacimiento lo interrumpió todo. Contrariamente a lo que pensaría el resto de las personas, no me sentí culpable de haber entorpecido sus planes, la comprendí, y sobre todo comprendí su deseo de que yo la trascendiera. Pero luego la veo, caminando con pasos cortitos que se aseguran de no importunar, con su cuidado de sentarse con las piernas bien cerradas, como asustada de que perciban el olor de su sexo, y no entiendo cómo fue que se atrevió a acostarse con mi padre a los quince años, he llegado a pensar que nunca más tuvieron sexo. Y es esto lo que me hace dudar a la hora de reconocer una supuesta relación de ella con Daniel. Rafael dice que de seguro mi madre se está acostando con Daniel y mi padre indiscutiblemente es un cornudo y que debe sufrir mucho. No sé qué tanto debe sufrir, yo no le veo sufrir, en todo caso si a él le preocupa tanto la infelicidad de los cornudos, no entiendo cómo es que no se preocupa por los colosales cuernos que él le pone a su esposa conmigo. Mi padre también me sorprende, de un tiempo para acá está más sonriente y de alguna manera la relación con mi madre ha dado un giro inesperado. No sé si es a raíz de mi ida de la casa o la presencia de Daniel, pero hay un acercamiento poco común entre ellos. Y es que han cambiado hasta la forma de mirarse, hay una cierta complicidad que me hace sentir inoportuna y fuera de una relación muy especial que ellos están creando. No lo sé, quizás Rafael tenga razón, mi mamá debe ser una puta y mi papá un cabrón, pero qué puedo decir si hacen una linda pareja.
Cecilia Dávila Dugarte
09 de noviembre de 2002
*Luis Eduardo Aute
**Homero Aridjis