jueves 30 de octubre de 2008

Un dia en el Hades...

Con mis disculpas a Cortázar….

Hoy al despertarme supe que el día que se iniciaba sería, de principio a fin, grandioso. Lo sentí en la calidez de mi piel, en la armonía de mi respiración y la espontaneidad de mi apresurada sonrisa. Era uno de esos días en que por cualquier razón desconocida me sentía bonita; quizás estaba ovulando o simplemente mi particular ciclo circadiano me beneficiaba con una temprana explosión de endorfinas. Fue por ello que me dispuse a vestirme acorde con mí biología y le ofrendé a mi cuerpo el regalo de ser envuelto por un vestido rojo, que como debiera ser todo vestido rojo, delineaba perfectamente mi figura. Salí sonriente y perfumada a enfrentarme con la cotidiana urbanidad. Debía ir a Santa Mónica a entregar unos papeles y decidí tomar la ruta Carmelitas-Cementerio. Saqué mi mano cuando vi venir la camioneta de aviso rojo, que para mi sorpresa rápidamente se detuvo, sorprendiéndome, aún más, que sólo yo estuviese interesada en montarme en ella. Al subir saludé al chofer con un cordial ¡Buenos días! que fue recibido con un desagradable silencio y con una mirada de impaciencia propia de todo chofer dispépsico. Porque sé de la indescriptible irritabilidad de los chóferes me dispuse rápidamente a sacar de mi cartera las tres monedas con las que cancelaría mi pasaje. Mi presencia parecía exasperar al chofer y cuando le iba a entregar las monedas, me señaló con su dedo índice, coronado por una uña sucia, un letrerito que decía: “PAGUE AL VAJAR”. Le sonreí disculpándome por mi demora e inmediatamente eché un vistazo al resto de los pasajeros, esperanzada en tropezar con la mirada de algún cómplice que compartiera conmigo la tesis de que todos los chóferes son unos animales. Para mi sorpresa me encontré con unos pasajeros impecablemente vestidos de negro que me examinaban detalladamente sin disimular su desaprobación. Con mucho recelo me fui acercando poco a poco a uno de los dos asientos que aún permanecían vacíos. La Señora que ocupaba el asiento continuo me miro ofendida por haber elegido el sentarme a su lado y con desproporcionada molestia, y sin emitir alguna palabra, se levantó del asiento para ir a acompañar a algún otro luctuoso pasajero y dejarme sola.
Con rapidez y antes de acomodarme en mi asiento, bien pegada a la ventana, inspeccioné silenciosamente a mis acompañantes: las mujeres, la mayoría estaban cubiertas por mantillas y en sus manos guindaban rosarios de diferentes estilos; los hombres llevaban severos trajes negros, tan severos como sus miradas. Todos parecían dirigirse a un cortejo fúnebre. Se me hizo extraño que la mayoría de los pasajeros tuviesen un mismo destino. Si bien era cierto que la ruta llegaba cerca del cementerio no era común que todos fuesen hacia allá. ¿Sería que el alcalde en su inefable talento había creado una nueva ruta directa al cementerio y yo no lo sabía? ¿Sería que todos eran una misma familia que ese día pagaron por la exclusividad de la ruta para así ir todos juntos al funeral? Realmente la verdadera pregunta era: ¿Qué hacia yo allí y vestida de rojo? ¿Por qué demonios el chofer me recogió en la parada? La desconfianza me fue tomando poco a poco. Las miradas de desprecio se me incrustaban en la piel, las mujeres murmuraban y los hombres parecían contener sus deseos de sacarme de la camionetica a fuerza de repulsión. Mi vestido rojo dejó de ser adecuado a mi biología, a menos que la contrariedad fuese voluptuosamente púrpura. Quise ser invisible y casi lo logre, no volví a mirarlos y me mantuve bien pegada a la ventana, como tratando de salirme por ella sin ser notada. Por un momento me conmovieron, el difunto debió ser muy amado, el dolor debía ser muy profundo, mientras pensaba en el difunto, me sorprendí mirando con ternura el lazo de terciopelo negro que adornaba la cabellera de una de las pocas niñas. Mi osadía fue castigada por la firme determinación de una de las mujeres con mantilla que tomó rápidamente con sus manos a la niña para esconderla de mí. La vieja ignorante me retó con su mirada y en un momento pensé que se levantaría a golpearme. Ya me dejaron de conmover todos esos locos fúnebres y comencé a temer por mi vida. En ese momento sentí la oscura presencia de la muerte. Recordé un cuento que leí cuando niña que narra la historia de un Señor que una mañana, como todos las mañanas, se monta en el tren que diariamente lo llevaba al trabajo, pero ese día, el viaje nunca terminó, porque el hombre estaba montado en un vagón conducido por la muerte, o aquella otra en que cuatro hombres se encuentran en un ascensor mientras bajan a un determinado piso, en el trayecto se cuentan sus vidas y de pronto descubren que están muertos y van rumbo al infierno. Comencé a sudar, a temblar, mi corazón se aceleró y mi respiración se hizo torpe. La angustia me tomó por completo y, como me sucede desde niña el miedo fue histéricamente ataviado por una nerviosa y tímida risa que se escuchó por encima del sombrío silencio. Inmediatamente y sin mayor cuidado el chofer frenó y los pasajeros se levantaron de sus asientos como obedeciendo una misma orden en un mismo momento. Todos espontáneamente salieron de la unidad con pasos lentos, cortos y tristes, como les correspondiera. Me dejaron sola sentada en el asiento, sin chofer y desconcertada. Ya afuera de la unidad formaron un pequeño grupo mortuorio que esperaban mi salida lo antes posible. Por instinto de supervivencia, y porque no me quedaba otra, salí de la camionetica, con gran suspicacia y me quede en silencio mientras todos subían de nuevo a la unidad, dejándome, abandonada y sola, en el borde de la acera, viendo como con exagerada rapidez se alejaban de mí. Comencé a caminar poco a poco sin llevar una dirección definida, tratando de entender la experiencia desconcertante que viviera hacía sólo unos minutos. Decidí no escudriñar en lo insondable, y una calmada sonrisa se volvió a insertar en mi cara, total, debía estar feliz de que Thánatos no lograra deshacer mi apuesta a la vida.

Cecilia Dávila Dugarte
Caracas, 24 de febrero de 2003

Mis Ojos, mis manos y La Colt...

No es discutible, el sentido de la visión es el más preciado de todos los sentidos; hasta me atrevería a decir que es el pilar que sostiene nuestra cultura. Mi caso en particular quizás lo confirme, fui dotado de unos grandes ojos azules perfectamente funcionales y además sincronizados con cada movimiento de mis manos. Desde niño esa gran cualidad me ubicó en posiciones nada despreciables, de hecho, en la escuela era el mejor pitcher del equipo de béisbol, me decían Cy Youngh, tenia record en No Hit No Run, fue por ello que los profesores se aseguraron que yo obtuviera buenas calificaciones por el camino que fuese y llegué a formar parte de “Los Criollitos”. Iba encaminado hacia las ligas menores, pero el azar me tenía deparado otro rumbo y fue así que a los trece años, en una de esas oscuras esquinas del bloque, me encontré con “El Chino”. De él se decía que tenía pacto con el diablo y que dominaba con su mirada, pero no sé si fue él quién me cautivó o la fabulosa Colt 745, brillante y fría que ensartó perfectamente en mis manos.
Desde ese día El Chino se encargó de mi entrenamiento, y con fabulosa celeridad, mis ojos, mis manos y la Colt, se transformaron en la mismísima Santísima Trinidad, aliados eternos y precisos que definieron mi futuro. Fui reclutado por una de las pandillas más prestigiosas y conocidas del bloque, y a pesar de que eliminábamos a los malandros y cobrábamos cuentas mal saldadas, nunca llegué a convencer a mi madre de que yo pertenencia al bando de los buenos, ella decía que era un malandro mas, no entendía aquello de la autodefensa. Era el segundo de “El Chino”, el mejor de sus ajusticiadores, me decían “Arma Mortal” y me levantaba a cuanta carajita se me atravesara por el medio. Eso sí, sin dejar a ninguna preñada, los hijos son un estorbo, ya que un ajusticiador debe permanecer libre de afectos, de novias, de esposa, de hijos, de madres, de hermanos; eso me enseño “El Chino”: un ajusticiador no tiene familia, ni amores.
Esa sentencia definitiva no la pude mantener, y mi atención se comenzó a perturbar desde el mismo momento en que mi hermano llevó a casa a su novia Romina. Sabia de antemano, porque ya era conocido en el bloque, que Romina se había empatado con mi hermano Willians porque quería estar cera de mí. La primera vez que nos encontramos no podía dejar de mirar sus tetas, tan grandes como mis ansias, que se revelaban a través de la franela ovejita que apenas las cubría, y mis manos, diestras a encontrarse con los objetivos de mi mirada, se mantuvieron cautivas en la prohibición. Tomé por costumbre, todas las tardes, sentarme en la sala de mi casa a fumarme un Negro Primero sin filtro, enajenado con cada movimiento reposado de Romina, mientras mis manos se conformaban con acariciar, en sueños, la figura fantástica de aquella mujer que humedecía mis noches.
Hoy, como todas esas tardes, me senté a esperar que Romina llegara a visitar a Willians. Prendí uno de mis cigarrillos y la vi entrar con un shorcitos tan cortos como mi conformidad; el pliegue de sus nalgas brillantes y suaves, me indujeron a fijar mi mirada en ese objetivo con mayor determinación y cuando mis manos, poco a poco se acercaban a su blanco, fui interrumpido por el alejamiento inesperado de Romina que corriendo salió al encuentro de mi hermano mientras le decía:
― Willians, tu hermanito me está buceando el culo.
Mi hermano ante tanta histeria sólo le contestó:
― Déjalo Romina que con esos culos de botella de verga ve.

Cecilia Dávila Dugarte
Octubre de 2002

La Hora del Intercambio...

Corría hacia su casa, asustada. Debía llegar antes de las siete, de no lograrlo, La Hora del Intercambio la tomaría en la calle. Sólo faltaban diez minutos para que todos los relojes del mundo, al unísono, divulgaran que era el momento en que La Población Evolucionada debía ceder las calles a la Población Salvaje. Tres minutos antes de las siete Manuela entró a su casa, con el miedo chorreándole en la piel y una extraña sensación de desorden en la mente. Se apresuró a iniciar El ritual del descanso: encendió las luces tenues y con ella los dispositivos de aclimatación, aromaterapia y musicoterapia. Se dirigió a la cocina para preparar el té que La Organización Mundial de Salud Mental había decretado como el remedio a utilizar por la Población Evolucionada contra el estrés y la ansiedad. Debía tomarse todos los días luego de ser anunciada La Hora del Intercambio. Se percató con rabia y preocupación de que la ultima bolsita del té antiestrés la había consumido el día anterior y no se había reabastecido. La ruptura del más importante paso para lograr la relajación de su día, la dejó alterada y llena de angustia. Tenía la sensación de haber sido invadida por la incertidumbre. Al pertenecer ella, como sus padres y abuelos, a lo que el Orden Mundial había distinguido como Población Evolucionada, estaba dotada de virtudes tales como: alta autoestima, tendencia al liderazgo, tenacidad, empecinamiento, competitividad, coraje, templanza, silencio, orden, trabajo, moderación, limpieza, castidad, prosperidad y éxito. ¿Por qué hoy no se sentía en armonía? Ella no estaba hecha para dudar, sin embargo, no encontraba las razones que justificaran cada una de sus virtudes. Era cierto: no fumaba, no consumía alcohol, era vegetariana por ser la opción de salud decretada, toda su ropa era de colores pastel y antialérgica, no tenía malos hábitos y su sangre estaba limpia, era virgen, sólo practicaba el autoejercicio de la función sexual y pronto le llegaría la edad adecuada para la inseminación artificial. Todo estaba como debía estar. ¿Por qué se sentía tan extraña? Y sobre todo ¿por qué la invadía esta necesidad de romper lo establecido y salir a las calles cuando sabía que en este momento le correspondía disfrutarlas a la Población Salvaje?
Desde que el Orden Mundial reglamentara la diferenciación y demarcación social, creando dos Poblaciones: la Evolucionada y La Salvaje, la humanidad había pasado por numerosos ensayos para que se pudieran mantener aisladas la una de la otra y el que había prevalecido por mayor tiempo, era este en el que a partir de las siete de la mañana, la Población Evolucionada, salía a trabajar en pos del desarrollo de la humanidad. Sus virtudes, que eran muchas, que eran todas, estaban durante doce horas dispuestas a velar por el desarrollo y perfeccionamiento del género humano. A partir de las siete de la noche, las calles debían estar libres de todo ciudadano evolucionado para que los salvajes salieran con todo su desorden, anarquía, vicios, ansiedades, neurosis, pereza, inestabilidad, miedos, fluidos, con todo ese poder explosivo de las pasiones, con todos sus apetitos instintivos coexistiendo de modos diversos e inimaginables, a hacer quién sabe qué en ese mundo que ella y gente como ella preparaba para que los salvajes lo destruyeran.
A pesar de reconocer lo imprescindible que era cumplir con lo decretado para mantener el Orden Mundial y la homogeneidad del ser humano, esa noche una sensación de extrañeza la mantenía en tensión. Las paredes de su apartamento construidas para aislarla del ruido y la contaminación, no le permitían asomarse hacia ese mundo tan ajeno que hoy despertaba su curiosidad. Resolvió desafiar su miedo y salir a las calles a descubrir lo que lo nunca antes le había interesado. El afuera le reveló nuevas sensaciones al percibir olores indescriptibles e irreconocibles. Las calles estaban solas, más de lo que esperara. Uno que otro ruido de motor, alguna música estridente, de las prohibidas por generar contaminación, y varios niños jugando en la oscuridad, fue el escenario con el que se enfrentó. Le llamó la atención una oculta posada que apenas podía ser percibida. Entró en ella lentamente, con la desconfianza guiando sus pasos, sabia que en cualquier momento podía ser atacada por algún primitivo habitante de la noche. En la posada, hombres y mujeres reían y hablaban con un volumen de voz que alcanzaba decibeles insanos, los salvajes la observaban quebrantando con descaro la ley que prohibía mantener la mirada fija en otra persona por más de un minuto. Entre el humo del cigarrillo y de las fritangas, Manuela pudo reconocer a dos de los mejores gerentes y creativos de La Corporación Mundial para el Avance de la Humanidad. Incrédula se les acercó, sin temor a que la reconocieran y la confundieran con algún primitivo ciudadano, total ellos estaban en la misma posición. Al verla, los dos hombres alzaron sus copas y brindaron por esa noche, la noche en que a Manuela se le acabó el té. Sin alguna malicia la invitaron a acompañarlos. Mientras fumaban y bebían, los dos hombres discutían los últimos planes y estrategias que la empresa pondría en practica para mantener el Orden Mundial. Pasado un corto tiempo, Manuela se integró a la conversación y al ambiente, reía, fácilmente se acostumbro al humo y a los olores, sus ropas ya no eran tan blancas ni su mirada tan esquiva; ya no se sorprendía al reconocer a varios amigos e incluso familiares entre los asiduos visitantes de la posada. En silencio paseaba su mirada de los evolucionados a los salvajes y antes de terminar la noche ya le fue imposible apreciar las diferencias entre unos y otros.

Cecilia Dávila Dugarte
31 de marzo de 2003

jueves 23 de octubre de 2008

Puntos de Vista...


¿En que andará Ysolina en estos momentos? Ya no será una carajita como aún la recuerdo, debe ser tan vieja como yo. Muy atrás quedaron nuestros planes entusiastas de estudiar, encontrar trabajo, alquilar un apartamentico por Las Acacias para compartirlo y salir de una vez por todas de casa de nuestros padres. Mala hora en la que llegó Ángel al barrio, no se puede negar que era un chamo bello, pero no valía la pena apostarlo todo. No puedo justificarme con el cuento de la juventud, no creo que Ástrid se dejara atrapar por una situación parecida, al contrario, mandaría a todos a la mierda como de hecho lo está haciendo. Ángel era bello, bueno, quizás no era tan bello, quizás era que había tan pocos ojos azules en el barrio que nos quedamos hechizados por los primeros que vimos. A Ysolina y a mí nos cautivaron aquellos ojos que se nos hacían de películas, y por preservar nuestra amistad, decidimos sortearnos a su dueño, con la firme promesa de que quien se lo ganara debía perder la virginidad en brazos de lo mas parecido a la perfección masculina que habíamos conocido.
Nadie me hubiese convencido, jamás, de que en mi primera noche de sexo quedaría embarazada; era una historia común en las telenovelas, pero de allí a que me pasara a mí había un trecho: el corto trecho del azar. Embarazo y matrimonio fueron la misma cosa. Si mi mamá no tuviese tantos escrúpulos, hubiese buscado uno de esos doctores que son diestros para interrumpir un embarazo, quizás me hubiesen tenido que llevar a la maternidad por un aborto incompleto, pero no me hubiese casado, eso hizo la señora Carmen con Carla, las vecinas de abajo. Aunque, y allí viene lo contradictorio, si todo hubiese sucedido así, Ástrid no existiría y debo confesar que es lo mejor que hasta ahora he tenido; a pesar de que todos dicen que ella es una loca. Una loca mi hija porque decidió irse a vivir en una habitación mientras estudia en la Universidad, una loca mi hija cuando está cumpliendo mis sueños, locos son todos en el barrio que pretenden enraizar a cualquiera que entre en sus dominios.
¿Qué pensará mi hija de mí? Hay momentos en que siento su mirada acusadora sobre mis hombros, pero en otros la veo sonreírme y hasta he llegado a sentirla cómplice. No pretendo que ella comprenda todo lo que está sucediendo, pero sí que al menos se dé cuenta de que todos estamos jugando nuestro papel en este juego. Si ella no hubiese traído a Daniel a esta casa, no se habrían concretado mis fantasías. La primera vez que lo vi me pareció muy viejo para mi hija y es que siete años de diferencia son muchos para una niña tan joven. Ástrid siempre me aseguró que eran tan sólo amigos, por eso no podía entender la insistencia de Daniel en visitarla todos los fines de semana, incluso, después de haberle aclarado que ella ya no vivía con nosotros. Llegué a pensar que era un aprovechador, que se llenaba su barriga los fines de semana en mi casa, pero, luego todo cambiaría. Hablaba como mi profesor de literatura en el liceo, con frases bonitas aunque muy rebuscadas. Primero sólo me miraba, dibujando mi silueta con agudeza. Yo me preguntaba: ¿sabría él cómo poco a poco iba despertando mis entusiasmos? Un día se me metió en la cocina a halagarme por mis habilidades culinarias. Recostado sobre la pared y en silencio, seguía con su mirada cada uno de mis movimientos, no sólo los de mis manos, sino los de todo mi cuerpo. Quería decirle que si sus intenciones eran aprender a cocinar se fijara en mis manos, que con mis caderas yo no aderezaba, pero deseaba con ansias que sus deseos fuesen otros. Ese día, el calor de las hornillas y la pasión que despertaba su mirada, dispusieron mi piel. Lo sabía cercano, su cuerpo se me hacía conocido, sabía de sus brazos fuertes apretándome, de sus manos delicadas recorriéndome por rincones ocultos, de su lengua saboreando la mía. Lo conocía de tanto adivinarlo en mis sueños. Seguro de lo que haría, se acercó hacia mí, mientras yo trataba de separarlo argumentando que estaba acalorada, sudorosa..
***
Margarita entró en mi vida de manera insospechada. La vi por primera vez el mismo día que conocí a su hija Astrid, una niña fresca y desenfadada que sin ninguna suspicacia, poco después de habernos conocido, me tomó del brazo y me arrastró hasta su casa asignándome, ante sus padres, el papel de “viejo amigo”. Me incomodaba la ligereza de aquella niña histriónica que jugaba a ser la mujer madura y experimentada, pero, poco tiempo pasaría, para que mi atención se desviara de ella a su madre. Mi mirada insistía en complacerse en las formas rudas de aquella mujer de cabellos largos y ensortijados, que servia la mesa con extremada delicadeza. Su piel aceitunada brillaba como si estuviese cubierta de aceites, olía a albahaca, a hierbabuena, a café. No me importó sentirme escrutado por los ojos de Ástrid y su padre, mucho menos después de advertir que ella había notado cómo le observaba y que mi insistencia en detallarla la turbaba. Se sonrojaba y evitaba mi mirada, con excusas caminaba torpemente frente a mí, como para atrapar mi atención, invitándome a tocarla y al mismo tiempo alejándome con sus miedos. Aquella mujer, que aún no llegaba a los cuarenta, era completamente inocente, su cuerpo entero me incitaba a descubrirlo, porque estaba seguro de que a pesar de sus muchos años de casada, ella permanecía inexplorada. Uno de los tantos fines de semana que fui a verla, con la excusa de las visitas a Ástrid y lo sabroso de su sazón, me infiltre furtivamente en su cocina. Mis ojos se abrieron como queriendo mirar lo oculto, mientras mi deseo se enredaba en cada uno de sus movimientos. Sus manos, fuertes, manejaban con precisión los cuchillos y prensaban con delicadeza cada una de las piezas que se disponía picar. Me exaltaba el imaginar las tantas maravillas que yo podía enseñarle a hacer con aquellas manos, con aquella lengua que hasta ahora se había conformado con saborear sus guisos. Quería cantarle al oído “Anda, quítate el vestido, las flores y las trampas, ponte la desnuda violencia que recatas, y ven a mis brazos, dejemos los datos, seamos un cuerpo enamorado...”* Invadido por el miedo que se siente cuando se resuelva provocar al repudio, me acerque hacia ella y al tocarla sentí su cuerpo en reposo animarse y tímidamente estrecharse al mío, a pesar de sus tantas y absurdas palabras de rechazo. Desde ese día nuestros encuentros han sido cada vez más frecuentes, y cada uno de ellos se ha convertido en un viaje febril por la pasión. Ella, atiende a cada movimiento que yo hago como queriendo fijarlo detalladamente en su memoria, me obliga a practicarlo repetidas veces y su papel de aprendiz me excita cada vez más. La toco y ella me obliga a modelarla, a dejar marcado en deseo cada centímetro de su cuerpo, es como dibujar el mapa de un territorio desconocido, pero siempre me ha quedado la sensación de que éste será recorrido por otro, porque “A veces uno toca un cuerpo y lo despierta (...) Lo sentimos vivir y cotidiano, lo sentimos hermoso pero sombra...” **

***
Es difícil creer que esta mujer que cepilla sus cabellos con delicadeza y maquilla sus labios lentamente, sea la misma de hace algunos meses. La veo y nuevamente compruebo que todo lo que está pasando bien vale la pena. Cuando conocí a Margarita me sorprendió con sus sueños de independencia que contrastaban forzosamente con la ingenuidad de aquella niña temerosa. Me refería sus planes de estudio y trabajo, mientras me brindaba la oportunidad de acercarme poco a poco a ella, sin mayor apuro. Y es que a pesar de mis dieciocho años y mi pinta de galán, no sabia enamorar a una mujer, nunca había tenido esa oportunidad, porque precisamente por mi pinta de galán, desde los catorce había estado condenado a ser objeto sexual de mujeres mucho mayores que yo. Me tomaban como a un consolador y me utilizaban hasta procurar su satisfacción, luego de alcanzarla me sacaban rápidamente de sus vidas. Esas practicas sexuales me convirtieron en muy mal amante y cuando Margarita se me plantó en frente, con todo el miedo del mundo recogido en sus ojos, y me dijo que venia a entregarme su virginidad, me llené de bravura y me dispuse a esmerarme en satisfacer su entrega, sólo para confirmar mi torpeza; lo mas absurdo fue que con tanta inexperiencia Margarita saliera embrazada. El matrimonio no se hizo esperar y el sexo entre Margarita y yo se convirtió en una obligación que de vez en cuando cumplíamos sin mayor ánimo. Esto nunca significó que nosotros nos alejáramos completamente, al contrario, nuestra hija, principal elemento en común para nosotros, siempre nos mantuvo allí, asegurándose de que estuviésemos juntos, haciendo que compartiéramos sonrisas, experiencias, angustias, esperanzas. Cuando Astrid decidió mudarse a una habitación para vivir sola, los ojos de Margarita brillaron y, a pesar del dolor de la separación, se alío a ella hasta conseguir que yo aceptara. Astrid salió del barrio como las dos lo habían planificado y pocos días de vivir solos, margarita me confesó que me amaba, que después de tanto tiempo no se imaginaba casada con otro, pero había algo que faltaba, que los dos lo sabíamos, y que ella lo iba a encontrar para ofrendármelo. Semanas después Astrid llegó de la mano de un recién conocido y luego de reprenderla por su irresponsabilidad de estar trayendo gente extraña a casa, a pesar de que ella insistiera en que era “un viejo amigo”, me comencé a preocupar por la manera cómo el nuevo visitante miraba a Margarita y de cómo ella respondía con su cuerpo. Fue la primera vez que hice una escena de celos y Margarita sonriente se esforzaba en convencerme de no angustiarme por “esa tontería”. Pero la tontería se hacia cada vez mas frecuente y un buen día Margarita salió y no regresó hasta ya pasada la medianoche. La esperé decidido a liberar toda la rabia que me habían proporcionada los celos, pero ella llegó sonriente y no me dejó hablar. Rápidamente se dirigió al baño, se perfumó y me esperó en la cama; la escena me amargaba cada vez más, mi resentimiento llegaba a sus límites y ella seguía sonriendo arrebatada. Sin percatarme ya estaba con toda mi ira en la cama y ella tomaba mis manos dirigiéndolas por todo su cuerpo, me recorría con su lengua y me instaba a que yo hiciera lo mismo. El ardor de mi furia se transfiguró en ardor de pasión; me deshice de todos mis resentimientos para entregarme a aquella sacerdotisa que poco a poco me convertía en su aprendiz. Cada vez que ella salía llegaba con nuevas artes amatorias que enseñarme y yo, siempre dispuesto desarrollar mis habilidades, me debatía entre la satisfacción de vivir en ese mundo especial que ella se empeñaba en crear para los dos y la culpa por considerarme regodeado de pecado. Debo confesar que sin mucho pensarlo decidí elegir la primera opción, total, nunca fui muy religioso. En todo este tiempo la única que me importa es Astrid, por eso he tratado de mantenerla apartada de todo este juego, esto es entre tres y ella esta de más Ese otro, que Margarita y yo nos empeñamos en no convertir en palabra, de a ratos me conmueve, sobretodo cuando lo veo empeñarse en convencerse de que yo no existo. Sé, porque Astrid me lo ha dicho, que pronto se marchará la exterior a realizar un postrado, es por ello que Margarita y yo le estamos planificando una fiesta de despedida.

***
No me atrevo a ser yo quien juzgue todo lo que está pasando. Además, realmente no sé qué es lo que está pasando. Cuando veía a mi madre tan cerca de Daniel, me conmovía verla sonrojares y evitar sus miradas, es increíble, pero ella: mi madre, parecía una adolescente. No es casual entonces que Daniel se apasionara por ella. Al parecer así le gustan a él, al menos eso sospeché cuando al cocerme me dijo, un poco contrariado: “Eres la mujer más libre que he conocido, desarraigada, desenfrenada. Pareces cargar con grandes experiencias, demasiadas para tus veinte años...” Al principio pensé que eran puras imposturas masculinas, habladurías de hombrecito resentido porque le dije que no era de mi target; pero luego de hablar con su ex-novia, comprendí que realmente él andaba buscando otra cosa, otra cosa que él llamaba: un cuerpo sin recorrer. Cuando me dijo lo de las experiencias, me supuse una mujer sabia, pero realmente a lo que el se refería era al conocimiento de posiciones, movimientos y técnicas sexuales. De todo esto concluyo que Daniel nunca se ha cogido una virgen, y temo que si de vírgenes se trata, mi madre parece ser la poseedora de un himen inmaculado. Con ella las historias no cuadran, el día que supo que yo entraría en la Universidad, me llamó a parte y hablamos largas horas, era otra, me comentó de todos sus deseos de estudiar, de irse del barrio, de independizarse y de cómo mi nacimiento lo interrumpió todo. Contrariamente a lo que pensaría el resto de las personas, no me sentí culpable de haber entorpecido sus planes, la comprendí, y sobre todo comprendí su deseo de que yo la trascendiera. Pero luego la veo, caminando con pasos cortitos que se aseguran de no importunar, con su cuidado de sentarse con las piernas bien cerradas, como asustada de que perciban el olor de su sexo, y no entiendo cómo fue que se atrevió a acostarse con mi padre a los quince años, he llegado a pensar que nunca más tuvieron sexo. Y es esto lo que me hace dudar a la hora de reconocer una supuesta relación de ella con Daniel. Rafael dice que de seguro mi madre se está acostando con Daniel y mi padre indiscutiblemente es un cornudo y que debe sufrir mucho. No sé qué tanto debe sufrir, yo no le veo sufrir, en todo caso si a él le preocupa tanto la infelicidad de los cornudos, no entiendo cómo es que no se preocupa por los colosales cuernos que él le pone a su esposa conmigo. Mi padre también me sorprende, de un tiempo para acá está más sonriente y de alguna manera la relación con mi madre ha dado un giro inesperado. No sé si es a raíz de mi ida de la casa o la presencia de Daniel, pero hay un acercamiento poco común entre ellos. Y es que han cambiado hasta la forma de mirarse, hay una cierta complicidad que me hace sentir inoportuna y fuera de una relación muy especial que ellos están creando. No lo sé, quizás Rafael tenga razón, mi mamá debe ser una puta y mi papá un cabrón, pero qué puedo decir si hacen una linda pareja.

Cecilia Dávila Dugarte
09 de noviembre de 2002
*Luis Eduardo Aute
**Homero Aridjis


Monologo en femenino...

Otra vez en este mismo restaurante... el mismo de hace unos veinte años. Seguro que cuando llegue pide el mismo martini con dos aceitunas de hace veinte años, el Steack Pimienta con ensalada de berros y el pastel de manzana con helado de mantecado, ah... y por supuesto el cafecito correspondiente. Nunca me gustó este ambiente. Aburguesado, plagado de mujercitas de clase media venida a menos. Las reconozco por su maquillaje medianamente perfecto, me las imagino cuando se retocan en el baño y sacan, orgullosas, su base de maquillaje. Y es que si uno se fija bien, son los mismos de siempre, los hombres muy parecidos unos a otros... la mayoría deben ser de la Administración Pública... sin grandes diferencias que les merezca alguna clasificación; a diferencia de las mujeres que se les pude distinguir según su color de cabello: un cabello castaño oscuro con marcado tinte rojizo debe ser de una abogado; las jueces prefieren cabellos rubios, casi de oro; las médicos optan por las famosas mechas y las más discretas las transparencias, si ya ha logrado un puesto de Directora de Departamento y no hace guardias, elegirá un Rubio Oscuro. Me pregunto cuantas de esas mujeres se habrán hecho la lipoescultura o la liposucción, habrá que verlas de pie, no me extrañaría encontrarme con piernas envueltas en celulitis, glúteos carnosos y sobreabundantes, senos descomunales, todo ello contrastando con un plano vientre de quinceañera, porque al parecer la barriguita es el problema. Sifrinitas afectadas de mierda... Nunca soportaría ser como ellas... no tengo personalidad para eso... Bueno... la verdad sea dicha: soy tan parecida a ellas... Mi realidad no es otra diferente a la de ellas, al contrario, debe ser la mas aburrida de todas... Han pasado veinte años... hace veinte años yo era una niña... Lo recuerdo sobre los bancos de concreto de los pasillos de la Universidad donde lo vi por primera vez... con sus discursos reivindicativos... siempre fue un piquito de oro.... Cómo puede fijarme en ese hombre con piernas de atleta, barriga de intelectual, lentes de montura pasada de moda y ojos estrabicos... Bueno... debe ser eso que llaman el falo intelectual... Y como que su falo es bien grande porque me ha tenido enganchada por veinte años... Pero es obvia nuestra separación, ya ninguno de los dos la puede negar... Hace dos meses me dijo surrealista... ¡surrealista! ¡por dios!, en el transcurso de mi vida me han dicho de todo: malcriada, miedosa, cucaracha blanca, mata e’ coco, chorros de miao en un balcón, ojos de becerro cagón, loca, mente e’ pollo, sifrina, flor de barranco, sancocho e’ pato, sancocho e’ tuerca, mojón de leche, injusta, radical, escualida, bruta, mamasita, bruja, cuaima, lesbiana, señora, vieja, infantiloide, inmadura, psicótica, histérica, espléndida, chavista, especial, rica, culo chato... pero surrealista, nunca!!!. Hasta ahora no he entendido por qué me dijo eso, y no le vuelvo a preguntar, la última vez que lo hice me dijo que le tenía las bolas acatarradas... Veinte años no son pocos, hace veinte años yo era una niña, ¿hace veinte años? ... hace veinte años me diagnosticaron un osteocondroma y una condromalacia en la rodilla izquierda... una artrosis, y eso que yo era una niña... ahhh, con razón llevo tres días con dolor, debo revisarla otra vez, seguro que la nueva tomografía que me hagan va a revelar signos de osteoporosis, con sus osteositos y el hueso casi transparente, y eso que aún no he llegado a la menopausia, pero aún así debería de comenzar a tomar estrógenos y calcio, agregarlo a la Vit E, C, y el Ginkgo biloba que tomo todos los días, para que la vejez no me alcance o mejor dicho no me atrape... pero esto anda mal, de verdad que anda mal... Esta mañana, al despertarme, me quede mirando su espalda, y no parecía la misma de hace veinte años...¡Que triste!... pero más triste es pensar que yo tampoco debo ser la misma para él... Cuándo sería que fuimos suplantados por esta especie de caricaturas que hoy se acompañan en soledad... Estoy segura que él permanecía despierto, sereno, mirando la pared, tratando de limpiar todo pensamiento de desencanto y que yo me levantara primero... Sé que él ha estado esperando mis palabras de despedida, él nunca las dirá. Es hombre... es cobarde... y allí viene hacia mí y aquí lo espero, y ya es hora de decirle:
― Hola mi amor te tengo toda una noche especial para celebrar nuestro aniversario.

Cecilia Dávila Dugarte
07 de julio de 2002

La Tradicion....


Luego de la muerte de abuela, mi madre tomó por costumbre sentarse en el balcón a mirar sus manos. Se sumergía en una especia de trance y nada ni nadie le hacia volver a nuestra realidad. Mi padre decía que todas las mujeres de la familia a una cierta edad se volvían contemplativas, que así había pasado con mi abuela y mi bisabuela. Mientras el tiempo pasaba el mundo de mi madre se limitaba al balcón, se sentaba muy temprano y en ocasiones hasta amanecía en el mismo lugar, mirando sus manos. De a ratos lloraba y otros reía, de momento se le veía sorprendida y otros asustada, era todo un compendio de emociones, frágiles y cambiantes y sobre todo aisladas de la realidad. No fue hasta mi adolescencia cuando pude percatarme que todo el interés de mi madre estaba fijo en un anillo. Recuerdo que en ese momento de sorprendente descubrimiento me acerque a ella y le pregunte:
–¿Que tanto miras en el anillo?
Sus ojos enrojecidos denotaban cansancio, la profundidad de sus ojeras daban fe de las tantas noches de desvelo sentada en el balcón. Me sonrió con ternura y me respondió:
–Todo: el pasado, el presente y sobre todo lo que nunca pasó ni pasará. Lo que quizás pasaría, lo que tuvo oportunidad de ser y ya no tiene posibilidad. Mira el anillo, son varios mundos.
Acercó su mano a mi rostro. Era un anillo de diamantes, más grande que el común, quizás el doble, era un modelo roseta en oro blanco, el acabado era con dieciséis brillantes que rodeaban uno finamente tallado en la parte superior central. El brillo que se desprendía de la piedra hacía del diamante y la luz, un solo elemento. Pensé en un efecto hipnótico en mi madre y en la posibilidad de que me atrapara a mí. Aparte su mano de mi vista y le dije:
–No veo nada.
–No es posible. Cada destello de luz es un mundo diferente. Hay infinidad de mundos, y yo estoy en todos. Con distintas vidas, en otras épocas, con otros miedos y otras angustias, menos insegura a veces, otras no. Soy una y muchas.
Bese su mano llena de luz y le dije:
–Sólo necesito a una: a mi madre.
Me miró sonreída, acaricio mi rostro y volvió a sumergirse en aquél mar de luces que veían sus ojos.
Volví a oír la voz de mi madre días antes de que ella muriera, me llamó a su lecho de muerte para entregarme el anillo sin dejar de decirme que había pertenecido a las mujeres de la familia y que le prometiera lo entregaría a quien fuese mi futura esposa. Dejó todo arreglado con abogados para que le quitaran el anillo una vez que muriera, porque de otra forma hubiese sido imposible.
Hoy, después de diez años recordé la promesa, quizás porque solo faltan dos meses para mi boda y debía entregárselo a Giovanna. Temí que también ella quedara hipnotizada bajo los influjos de aquel anillo luminoso. Cuando llegó, la llamé y le conté sobre la tradición femenina del anillo y que ella era la próxima propietaria, al terminar el relato me dijo:
–Déjame verlo.
Se acercó y yo trate de manera disimulada que no fijara su mirada en las piedras, lo tomé y lo describí alejándolo de ella:
–Fíjate bien, es un modelo roseta con dieciocho diamantes y uno central.
–Menos mal que lo aclaras, pensé que era una lechuga, como una col. Es de muy mal gusto este anillo amor. Es muy grande, muy ostentoso y ni siquiera me seduce su historia, esa parte de las múltiples vidas menos todavía, imagínate yo con más vidas. Con las que tengo me conformo, con mi trabajo insípido y mi teatro de la calle, con mis grupos de amigos y las visitas a mamá y ahora que nos casamos me tocaran otras vidas más. Olvídalo amor, no tendría tiempo para eso, de todas formas si quiero ver mas mundos me suscribo a la televisión por cable. ¿Porque no lo vendes y compramos algo necesario para nuestra vida en pareja?
–De acuerdo.
Giovanna salió de la habitación dejándome atrás con el peso ridículo de una tradición y un anillo que parecía una lechuga. Mujeres contemplativas. A quien se le ocurre. Un poco locas quizás, pero para eso no hace falta una anillo.

Cecilia Dávila Dugarte
04 de agosto de 2002

Entre Lineas...


Veía al Dr. mirándome desde el otro lado de aquella línea invisible que separa la salud mental de la enfermedad. Con sumo cuidado tomó su pipa finamente tallada y la rellenó, imagino, que con la mejor de las picaduras. El olor se extendió por todo el consultorio mientras el Rolex brillaba desde su muñeca izquierda. Yo me mantenía en el silencioso espacio de los enajenados, pensando que todo lo que me rodeaba él lo había comprado con mi dinero y con el de varios guevones como yo. Sabía que vendría el silencio, el maldito silencio con el que este Freud del subdesarrollo creía que me intimidaría y le haría decir las verdaderas razones por las que consulté. Pero no se las diría, no le tenía confianza. Quien podía asegurarme que este extraño no divulgaría mi secreto, lo único que aún me mantenía vivo. El silencio era denso, suspicaz, desconfiado, decidí romperlo con alguna anécdota cotidiana:
-Este fin de semana llevé a mis hijos y a mi mujer a comer helados. Me sentí como un carajito, tenia algún tiempo que no disfrutaba como esa tarde. Fue divertido. Decidí que debería hacer esas salidas con más frecuencia.
-Se sintió usted como un niño ¿Acaso ese niño anda buscando un padre?
-Pues... no se me había ocurrido... ¿por qué yo debería estar buscando un padre?
-¿No está usted acá porque no le encuentra sentido a la vida y pensó que yo se lo podría dar? Orientar, guiar, son funciones de padre.
-¡Claro! ¡Claro! Eso es verdad, eso es lo que busco, el sentido de la vida... algo que le dé explicación al porqué yo estoy en este mundo...
-Umhum.
-Pienso que todos debemos tener una misión que cumplir y alguien nos deberá revelar el camino a seguir para cumplir dicha misión. Cuando pienso en eso, en quien soy, me angustio y no duermo.
-¿Te molesta quien eres?
-No, no, no... Bueno... sí. Si yo tuviera que elegir hacer lo que yo quiero llegaría a una hacienda y me echaría en un chinchorro y no haría nada mas nunca... he llegado a entender que todas esas cosa que uno hace al final son el gran engaño de la vida. Porque al final uno nunca llega a ser lo que en verdad uno es...
-¿Lo que en verdad uno es?
-Sólo un ser humano. Uno debería estar en contacto permanente con la naturaleza y con todo los sentidos. Bueno... te digo que quizás si yo hago esto de irme a una hacienda a lo mejor a los seis meses me estoy ladillando y me vengo corriendo a meterme en casa otra vez De verdad si tuviera que elegir lo que me gusta hacer, pues... no sé.
-¿Quiere usted salir de su casa?
-Bueno... no puedo negar que a veces me gustaría salir corriendo... uno se cansa... eso de ser quien tiene que echarle bolas a las vainas es arrecho. Tienes que estar siempre al mando, sin decaer... Eso que llaman ser hombre incluye esas funciones, no perder, nunca perder... Es como estar peleando toda la vida y yo no nací para eso... De chamo me la pase en eso, en estar peleando para poder definir mi rol de machito. En una oportunidad, a los dieciséis años, golpee tanto a un chamo que casi lo mato. Tú sabes... con eso de ser criado por una mamá, una abuela y una tía, tenía que demostrar, a toda costa, que no era un mariquito por estar rodeado de tantas mujeres.
-¿Cómo han sido tus relaciones con las mujeres?
-En el aspecto sexual, con la primera mujer fue traumático, era de esperarse, yo no tenía ningún tipo de experiencia. Yo no sabia que coño tenía que hacer...la relación sexual para mí, hasta ese momento, no había tenido algún significado... No tenía mayor importancia... Yo soy muy romántico.....Yo siempre quise que mi primera vez fuese toda platónica, no un vaina como esa, no montarme como un gallito y bajarme. No fue cómodo, fue en un carro... La mujer era una veterana y yo... coño, me sentí muy frustrado. Pero fíjate que después, como a los 19 años, el encuentro con las mujeres dejó de ser tan angustiante. Mis compañeros y yo nos fugábamos al Cine y era la época del cine francés, las películas eran muy hermosas, de allí mi gusto por el cine, eran películas con unos diálogos muy intensos y llenos de seducción. Yo me imaginaba que para acercarme a una mujer debía hablarle como lo hacían aquellos hombres de las películas y por supuesto, descubrí que yo tenía esa capacidad. Luego me sorprendí buen mozo y supe que con sólo mirar bien a una mujer me bastaba y digamos que me esforcé en desarrollar esas capacidades.
-Dice usted que no nació para estar peleando sólo para demostrar que es un hombre. Para usted, definir un rol masculino significó irrumpir en el otro con violencia y agresión, tanto que se sintió capaz de matar. Quizás por ello, optó usted por resignificar su rol masculino a través de la seducción. ¿Se considera usted un seductor?
-Cuando era joven fui un gran seductor. Todos pensaron que por ser criado por tres mujeres terminaría siendo marico, pero yo creo, que lo que aprendí fue cómo le gusta a las mujeres que las traten pero, ahora, estando casado y manteniendo toda una familia, no se hace fácil... y luego... la edad también es un obstáculo.
- ¿Cuánto tiempo lleva usted casado?
-Veinte años. Me casé con Marianna cuando ella tenia veinte años y yo veinticinco, tenemos dos chamos y somos una familia estable.
-Se hace necesario seguir trabajando en su motivo de consulta. Debemos buscar las razones por las que hoy usted parece haber perdido el sentido de su vida.
Salí de aquel consultorio sintiendo haber manejado perfectamente la situación, estaba seguro de que él no sospecho en absoluto las razones de mis visitas semanales. Me senté a tomarme un café y desde allí la vi venir. Tatiana y sus tetas redondas, Tatiana y sus jeans a la cadera, Tatiana y su nueva carrera de Sicología, Tatiana y su afán porque yo me psicoanalice.
Cecilia Dávila Dugarte
16 de junio de 2002