Hoy al despertarme supe que el día que se iniciaba sería, de principio a fin, grandioso. Lo sentí en la calidez de mi piel, en la armonía de mi respiración y la espontaneidad de mi apresurada sonrisa. Era uno de esos días en que por cualquier razón desconocida me sentía bonita; quizás estaba ovulando o simplemente mi particular ciclo circadiano me beneficiaba con una temprana explosión de endorfinas. Fue por ello que me dispuse a vestirme acorde con mí biología y le ofrendé a mi cuerpo el regalo de ser envuelto por un vestido rojo, que como debiera ser todo vestido rojo, delineaba perfectamente mi figura. Salí sonriente y perfumada a enfrentarme con la cotidiana urbanidad. Debía ir a Santa Mónica a entregar unos papeles y decidí tomar la ruta Carmelitas-Cementerio. Saqué mi mano cuando vi venir la camioneta de aviso rojo, que para mi sorpresa rápidamente se detuvo, sorprendiéndome, aún más, que sólo yo estuviese interesada en montarme en ella. Al subir saludé al chofer con un cordial ¡Buenos días! que fue recibido con un desagradable silencio y con una mirada de impaciencia propia de todo chofer dispépsico. Porque sé de la indescriptible irritabilidad de los chóferes me dispuse rápidamente a sacar de mi cartera las tres monedas con las que cancelaría mi pasaje. Mi presencia parecía exasperar al chofer y cuando le iba a entregar las monedas, me señaló con su dedo índice, coronado por una uña sucia, un letrerito que decía: “PAGUE AL VAJAR”. Le sonreí disculpándome por mi demora e inmediatamente eché un vistazo al resto de los pasajeros, esperanzada en tropezar con la mirada de algún cómplice que compartiera conmigo la tesis de que todos los chóferes son unos animales. Para mi sorpresa me encontré con unos pasajeros impecablemente vestidos de negro que me examinaban detalladamente sin disimular su desaprobación. Con mucho recelo me fui acercando poco a poco a uno de los dos asientos que aún permanecían vacíos. La Señora que ocupaba el asiento continuo me miro ofendida por haber elegido el sentarme a su lado y con desproporcionada molestia, y sin emitir alguna palabra, se levantó del asiento para ir a acompañar a algún otro luctuoso pasajero y dejarme sola.
Con rapidez y antes de acomodarme en mi asiento, bien pegada a la ventana, inspeccioné silenciosamente a mis acompañantes: las mujeres, la mayoría estaban cubiertas por mantillas y en sus manos guindaban rosarios de diferentes estilos; los hombres llevaban severos trajes negros, tan severos como sus miradas. Todos parecían dirigirse a un cortejo fúnebre. Se me hizo extraño que la mayoría de los pasajeros tuviesen un mismo destino. Si bien era cierto que la ruta llegaba cerca del cementerio no era común que todos fuesen hacia allá. ¿Sería que el alcalde en su inefable talento había creado una nueva ruta directa al cementerio y yo no lo sabía? ¿Sería que todos eran una misma familia que ese día pagaron por la exclusividad de la ruta para así ir todos juntos al funeral? Realmente la verdadera pregunta era: ¿Qué hacia yo allí y vestida de rojo? ¿Por qué demonios el chofer me recogió en la parada? La desconfianza me fue tomando poco a poco. Las miradas de desprecio se me incrustaban en la piel, las mujeres murmuraban y los hombres parecían contener sus deseos de sacarme de la camionetica a fuerza de repulsión. Mi vestido rojo dejó de ser adecuado a mi biología, a menos que la contrariedad fuese voluptuosamente púrpura. Quise ser invisible y casi lo logre, no volví a mirarlos y me mantuve bien pegada a la ventana, como tratando de salirme por ella sin ser notada. Por un momento me conmovieron, el difunto debió ser muy amado, el dolor debía ser muy profundo, mientras pensaba en el difunto, me sorprendí mirando con ternura el lazo de terciopelo negro que adornaba la cabellera de una de las pocas niñas. Mi osadía fue castigada por la firme determinación de una de las mujeres con mantilla que tomó rápidamente con sus manos a la niña para esconderla de mí. La vieja ignorante me retó con su mirada y en un momento pensé que se levantaría a golpearme. Ya me dejaron de conmover todos esos locos fúnebres y comencé a temer por mi vida. En ese momento sentí la oscura presencia de la muerte. Recordé un cuento que leí cuando niña que narra la historia de un Señor que una mañana, como todos las mañanas, se monta en el tren que diariamente lo llevaba al trabajo, pero ese día, el viaje nunca terminó, porque el hombre estaba montado en un vagón conducido por la muerte, o aquella otra en que cuatro hombres se encuentran en un ascensor mientras bajan a un determinado piso, en el trayecto se cuentan sus vidas y de pronto descubren que están muertos y van rumbo al infierno. Comencé a sudar, a temblar, mi corazón se aceleró y mi respiración se hizo torpe. La angustia me tomó por completo y, como me sucede desde niña el miedo fue histéricamente ataviado por una nerviosa y tímida risa que se escuchó por encima del sombrío silencio. Inmediatamente y sin mayor cuidado el chofer frenó y los pasajeros se levantaron de sus asientos como obedeciendo una misma orden en un mismo momento. Todos espontáneamente salieron de la unidad con pasos lentos, cortos y tristes, como les correspondiera. Me dejaron sola sentada en el asiento, sin chofer y desconcertada. Ya afuera de la unidad formaron un pequeño grupo mortuorio que esperaban mi salida lo antes posible. Por instinto de supervivencia, y porque no me quedaba otra, salí de la camionetica, con gran suspicacia y me quede en silencio mientras todos subían de nuevo a la unidad, dejándome, abandonada y sola, en el borde de la acera, viendo como con exagerada rapidez se alejaban de mí. Comencé a caminar poco a poco sin llevar una dirección definida, tratando de entender la experiencia desconcertante que viviera hacía sólo unos minutos. Decidí no escudriñar en lo insondable, y una calmada sonrisa se volvió a insertar en mi cara, total, debía estar feliz de que Thánatos no lograra deshacer mi apuesta a la vida.
Cecilia Dávila Dugarte
Caracas, 24 de febrero de 2003
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